Reseña | Rey Lear

"Rey Lear". Función del 13 de diciembre de 2018. Teatro Central.

Dirección y dramaturgia: Ricardo Iniesta.
Elenco: Carmen Gallardo, Elena Aliaga, Javi Domínguez, Joaquín Galán, José Ángel Moreno, Lidia Mauduit, María Sanz, Raúl Vera, Silvia Garzón.
Espacio escénico: Ricardo Iniesta.
Composición musical: Luis Navarro.
Dirección coral: Lidia Mauduit.
Vestuario: Carmen de Giles.
Maquillaje, peluquería y estilismo: Manolo Cortés.
Texturizado y acabado escenografía: Ana Arteaga.
Utilería y construcción de escenografía: Sergio Bellido.
Coreografía: Juana Casado.
Diseño de luces: Alejandro Conesa.
Espacio sonoro: Emilio Morales.

Rencillas, envidias, ansias de poder. Unos susurran veneno en los oídos de otros. Rumores que crecen hasta abotagarse. Corrillos, facciones, bandos cambiantes que acaban por soldarse en una sola masa de carne infecta, en la que cada uno avanza pisando al otro, codiciando únicamente el poder. De pronto la sombra enorme del Rey al fondo, despedazando este grupúsculo con su inminente presencia. Van quedando los súbditos de rodillas, rindiendo obligada pleitesía, ocultando los verdaderos propósitos que van quemando el interior de cada uno de ellos.

Así se presenta la acción de este fabuloso Rey Lear. En el proscenio, a la vista de todos. Con un uso del espacio y la iluminación que demuestra inteligencia y oficio. En definitiva, con una sencilla maestría de la acción teatral.

Mirar y admirar la edificación que Iniesta y su grupo humano han construido en este Lear, coloca al espectador en un estado natural de curiosidad y análisis. Más tarde le invitará a la reflexión, a profundizar más allá de la superficialidad que a veces provoca el arte. Encontraremos entonces ese mensaje que autor, director y actores nos transmiten con elocuencia y verdad.

Rey Lear es probablemente la obra cumbre de Shakespeare. Seguro es la más madura. Y fehacientemente es una de las que con más claridad profundiza en el comportamiento humano. Cada uno de los personajes oculta todo un universo en su interior, con una progresión minuciosamente estudiada por el autor. Es sin duda un hermoso reto teatral que el equipo artesano de Atalaya afronta con la experiencia y madurez que otorga su dilatada carrera.

Al repasarlo rápidamente se me revela como el espectáculo más equilibrado y depurado de su repertorio. Es también el más maduro de su director Ricardo Iniesta y quizá en el que mejor hace aflorar el mensaje hacia el espectador. Y es que no se puede entender esta obra sin el trabajo de artesanía que esta compañía lleva décadas desarrollando y transmitiendo a los a los actores más jóvenes. Aún así no sólo es el trabajo, el rigor o el compromiso con una idea lo que hace que este Lear brille tanto. Es todo eso y lo que conlleva la palabra evolución. Atalaya ha sabido crecer, reinventarse y evolucionar sin perder su sello personal pero matizando y afinando su lenguaje. Tal vez ese sea el secreto de todo esto.

La propuesta en sí misma se asemeja sencilla. Un trono austero de madera y varios bancos rectangulares con las que construir diferentes espacios para la acción y la palabra de los actores, uno de los pilares fundamentales del modo de hacer de la compañía. Una iluminación elegante y sombría que crea esa atmósfera de rencillas palaciegas, viviendo y respirando en escena como un personaje más. Un vestuario rico pero tosco, bordado en múltiples capas, refinadamente ajado, que sin duda contribuye, junto con las luces y las sombras, a la profundidad del ambiente de la obra. Y por supuesto un trabajo actoral fabricado con esmero, cuidadoso portador de momentos verdaderamente brillantes.

Aún sabiendo que el trabajo de esta compañía se sustenta fuertemente sobre la labor escénica de los actores, no deja de sorprendernos su capacidad y calidad en las tablas. Se funden en este espectáculo varias generaciones de intérpretes y el contraste entre la experiencia y la juventud llega a buen puerto en la inmensa mayoría de momentos. Brillan todos en lo individual, haciendo varios personajes y movilizando continuamente el objeto en la escena, por ejemplo. Pero cautivan claramente los instantes corales, en los que los cantos estremecen al espectador y consolidan la acción dramática de la obra. Destaca la interpretación de Carmen Gallardo como Lear y el magistral tándem con Lidia Mauduit (quien encarna a su bufón) que es sencillamente genial y promete crecer mucho con el rodaje de la obra. No obstante es injusto no nombrar a todos los intérpretes, pues el elenco al completo rema al mismo nivel en este barco. La línea de cada personaje es dibujado por todos y cada uno de ellos claramente sobre la escena.

Mención aparte merece el esmerado trabajo de Ricardo Iniesta. Una dramaturgia inteligente que deja la obra en una buena duración y no escatima en tramas ni personajes. Una dirección donde el ritmo está orquestalmente medido, consiguiendo una pieza que resulta muy emocionante: la concatenación de cada suceso nos hace seguir la trama como en el buen cine de suspense. Muy elaborada es la atmósfera: inquietante y estremecedora a veces, violenta e impetuosa otras. Hay ocasiones, sin embargo, en las que la acción se hace más farragosa, más difícil de seguir. La maquinaria no avanza con tanta contundencia y algunos textos, con ese marcado carácter teatral que caracteriza el sello del grupo, nos llegan con cierta frialdad, con demasiada distancia. Las piezas se encajarán seguro y la máquina se engrasará de forma natural con el rodaje y el elenco, como siempre hace, tomará el pulso de la obra sobre las tablas y con el público. Porque este elenco, sustentado en la experiencia y reforzado con la juventud, tiene una larga trayectoria por delante.

Hay que ir a ver Rey Lear. Siempre se dice algo así cuando es una gran compañía. Hay que ir ver Rey Lear independientemente de que esta compañía se llame Atalaya. Hay que ir porque esta compañía levanta un Rey Lear en el que podemos leer en letras mayúsculas la palabra TEATRO.

Raúl G. Figueroa