Reseña | Romeo y Julieta

Fotografía: Teatro Clásico de Sevilla
Fotografía: Teatro Clásico de Sevilla

"Romeo y Julieta". Función del jueves 3 de octubre de 2019. Teatro Lope de Vega.

Versión y Dirección Escénica: Alfonso Zurro (ADE).
Producción: Noelia Diez y Juan Motilla.
Reparto: Ángel Palacios, Lara Grados, Antonio Campos, Rebeca Torres, Amparo Marín, Manuel Monteagudo, Jose Luis Bustillo, Santi Rivera, Luis Alberto Domínguez.
Diseño de Escenografía: Curt Allen Wilmer con EstudioDeDos (AAPEE).
Diseño de Vestuario: Carmen de Giles, Flores de Giles.
Diseño de Iluminación: Florencio Ortiz (AAI).
Música, Espacio Sonoro: Jasio Velasco.
Realización de Escenografía: Readest.
Maquillaje y Peluquería: Manolo Cortés.


"Hay más peligro en el fondo de tus ojos que en cien puñales suyos. Mírame y de su furia me río".


Dice Joaquín Sabina en una de sus canciones que "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". Y la mayoría de las veces las cosas no suceden porque nos las cargamos nosotros mismos. Por imbéciles. Pero otras tantas, la que se clavan dentro, se desvanecen por factores externos e incontrolables. El Teatro Clásico de Sevilla pone de nuevo en pie al siempre complejo Shakespeare. Una versión de Romeo y Julieta que nos habla de esto, de los vaivenes involuntarios, de los odios eternos que se imponen y arrasan con todo. Hasta con el amor puro entre dos locos enamorados.

Alfonso Zurro, siempre inteligente, saca a los protagonistas de Verona para que se paseen por los efervescentes años treinta del siglo pasado. Algo que, irremediablemente, atrae al espectador. Ahora que recién se estrenó Mientras dure la guerra, el nuevo film de Amenábar, uno piensa que estos dos pobres inocentes podrían haber hecho perfectamente un cameo en la película mientras las dos caras de la moneda se enfrentaban en una guerra que de alguna manera todavía dura. Y eso es lo que ocurre, los Capuletos y Montescos, fascistas y republicanos, afilan sus cuitas sin importarles lo que se lleven por delante.

La escenografía de Curt Allen Wilmer juega a la perfección con la idea del montaje. Eficaz y práctica. Un muro. Un muro- con la de connotaciones históricas que conlleva- que se mueve una y mil veces pero que, en realidad, está tan estancado como los pensamientos arcaicos de los que no se ven capaz de estrechar la mano a favor de un mundo mejor. Florencio Ortiz con su diseño de luces mejora la propuesta a pesar de que a veces todo parece estar muy oscuro. Claro, entre metáforas anda el juego. Asimismo todo rema a favor en este engranaje sólido respaldado por éxito de público y crítica. Jasio Velasco en la música y el espacio sonoro, Carmen y Flores de Giles en el vestuario o Manolo Cortés en el maquillaje y la peluquería.

En el elenco aparecen nombres cuya presencia ya anuncian calidad. Es el caso de Manuel Monteagudo, Antonio Campos, Rebeca Torres o Amparo Marín - brillantes las dos últimas-. Pero también jóvenes artistas que piden paso a fuerza de ilusión y saber hacer. Lara Grados, Ángel Palacios, José Luis Bustillo, Luis Alberto Domínguez y especialmente Santi Rivera en su papel de Mercucio.

Hay dos cosas que son muy satisfactorias: La primera ver el teatro lleno. La segunda y no menos importante, palpar la apuesta de nuevas caras en la escena sevillana que dan empuje e ilusión a los que cada día sudan la camiseta en las escuelas de teatro. El triunfo de los que se suben a las tablas es el mejor de los alicientes para que nadie se baje del barco.

Ahora toca rodar. Uno se va con la sensación de que a ratos la propuesta le dejó frío o es que, tal vez, en este mundo iracundo uno esperaba más calor. Hay que tener cuidado con las expectativas. Lo que está claro es que siempre resuena Enrique Morente cuando miras atrás y ves el Lope de Vega desalojado tras el paso del Teatro Clásico de Sevilla. "Oye, esta no es manera de decir adiós". Es decir, queremos más, pronto, porque durante las dos horas de representación uno tiene claro que, independiente de los gustos, está viendo teatro.


Fran Garcón.