RESEÑA | NADA SE PIERDE NI PUEDE PERDERSE

 Nada se pierde ni puede perderse, función viernes 19 de enero de 2018. Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla. (CICUS)

Dirección: Fernando Soto.

Ayte. Dirección: Ále Stanciu.

Reparto: Jorge Alcocer, Manuel Vera, Carmen Echevarría, Noelia Genzone, Andrea Mae, Andrea Martos, Estíbaliz Racionero, Juan Sánchez, Carolina Santos y Daniel Valverde.

"Un joven ensayo sobre el amor"

Si no te tengo no soy feliz, te necesito para vivir, soy más rico que ellos porque tengo amor, el tuyo, ¿no? Quizás de eso se trata, de preguntarnos más sobre qué tiene que ser el amor para uno mismo. Salir de esa marabunta que predomina y arrastra, donde el amor parece tener una concepción única e inequívoca. Como si todos fuéramos iguales, como si todos lo entendiéramos igual. Y es que de manera continua y desde multitud de espacios la sociedad nos muestra una forma única de amar. Donde todo lo que no se asemeja a esa canon se considera erróneo.

Nada se pierde ni puede perderse, parece intentar diluir esa marabunta y plantea un trabajo de investigación sobre ello. El amor, en sus distintas formas y tiempos, necesita de una mirada amplia para reflexionar sobre él. Observar con distancia aunque de manera introspectiva qué nos ocurre, y cuestionar nuestra dirección.

Un elenco de diez actores llevan a la escena una especie de ensayo literario donde los cuerpos se desnudan de manera simbólica ante el público para hablar de sus dificultades y su búsqueda por entender lo que están sintiendo. Todo ello a través de un lenguaje contemporáneo, donde el gesto y la música cobran un gran protagonismo ya que el espacio escénico prácticamente está vacío. Con un texto que se compone principalmente de reflexiones personales y canciones con voz y guitarra en directo. Las historias de estos protagonistas vienen a mostrar esas diferentes experiencias y sentimientos que han vivenciado, predominando en todas ellas el dolor, la sensación de desesperación y tristeza por no comprender aquello que les ocurre con la otra persona.

De este equipo habría que destacar la fuerza con la que irrumpen en la escena. El trabajo que se lleva a cabo es muy coordinado, aunque en la escena todo parezca suceder de manera improvisada ante movimientos y acciones donde los actores entran y salen de la historia de una manera imperceptible. Las experiencias personales se van narrando paralelamente a lo que sucede en la escena donde el público contempla a un grupo de amigos que bien podrían estar en el salón de una casa donde se ríe, canta y baila según les apetezca.

Quizás, una de las cosas más interesantes que plantea la dirección es que sea un grupo de jóvenes los que hablen de amor. Se les atribuye por lo general un amor inexperto, que se deja llevar más por lo sexual y que poco tiene que pensar. Esta propuesta bien podría ser planteada por un equipo de actores más mayores que podrían aparentar un largo recorrido. Sin embargo, lo que nos encontramos no es menos interesante, y por supuesto no tiene falta de argumentos. Que ellos sean los que hablen del amor tóxico es algo muy necesario en un momento en el que parece que las nuevas generaciones sigue perpetuando ciertos roles de dominación en sus relaciones que ya deberían estar extinguidos.

Una propuesta cálida, física y reflexiva. Donde nadie se libra de mirarse tras la función y pensar si aquello que está viviendo es un amor sano. 

Reseña: Alberto Mejias.

Fotografía: Laura Ortega