Reseña | Moby Dick

Focus / David Ruano
Focus / David Ruano

"Moby Dick". Función del jueves 18 de octubre de 2018. Teatro Lope de Vega.

Texto: Juan Cavestany.

Dirección: Andrés Lima.

Interpretación: José María Pou, Jacob Torres y Oscar Kapoya.

Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan.

Iluminación: Valentín Álvarez.

Música y espacio sonoro: Jaume Manresa.

Video creación: Miquel Ángel Raió.

Fotografía: David Ruano.

Producción: Focus.


El capitán Ahab duerme profundamente sobre su butaca cuando se alza el telón. Duerme y sueña. Y tal vez son los únicos segundos de paz en toda la representación. Uno de los personajes de la literatura universal se levanta iracundo, vengativo y estremecedor ante unos espectadores que, sin remedio, se suben al Pequod durante noventa minutos y no se sueltan de su mano. Tal vez son conscientes, al igual que él, que viajarán sin billete de vuelta por la ambición del que sólo vive para su obsesión. Una obcecación tan humana que supera la razón y el bien colectivo. Ahab persigue, y lo deja claro desde el inicio, a la ballena blanca que le segó la pierna. Un ajuste de cuentas en el que para subir hace falta imaginación. Así lo recalca el capitán con su voz poética y atronadora.

"¡Rugid y remad!¡Muerte a Moby Dick!". Y todo tiembla. Vibra el suelo, los gritos irrumpen en la sala y pareces estar en un barco. En medio del océano. Viendo pasar ballenas.

Juan Cavestany captura la esencia de la novela de 700 páginas escrita por Herman Melville. Atrapa el romanticismo desacerbado del protagonista, su locura, y conduce entre narración y diálogos lo acontecido en el Pequod. Contiene épica, aventura, poesía y filosofía. Se habla de lo divino y lo humano.

Andrés Lima busca el paralelismo entre el capitán y los grandes líderes de masas o líderes políticos que a lo largo de la historia han apostado por sus intereses personales y egoístas siendo capaces de establecer relaciones dictatoriales con su tripulación o con su pueblo. Además, siendo capaces de llevarlos a la destrucción a cambio de satisfacer estos deseos personales. Y lo hace con un equipo de lujo.

Jaume Manresa firma la partitura y el espacio sonoro, dotando al montaje de un halo fantasmal. Los coros de cuarenta voces ayudan en este camino. Valentín Álvarez dibuja un barco oscuro, un antro de perdición. Con las proyecciones creadas por Miquel Ángel Raió se perciben las ballenas, las olas y la soledad que trae la noche en alta mar. Beatriz San Juan se encarga de la escenografía y el vestuario. La proa del barco, el sillón de Ahab y las cuerdas que enlazan con el palo mayor.

Uno de los referentes del teatro español, José María Pou, abandera un proyecto potente y con pocas fisuras. Su imponente voz envuelve la propuesta. Desde el susurro al grito pasando por el aullido. A veces atronador, lo que hace caer en la monotonía, con un tono que invita a viajar por otros mundos según el pasaje. Pero el montaje requiere precisamente eso, y asume el riesgo. Cuando juega con los silencios, su maestría hace el resto. 

Estamos ante el personaje que, en palabras de Pou, más le ha costado entender. Loco, capaz de invertir el dinero de su familia y su empresa en reclutar a toda una tripulación y fletar un barco que no volverá nunca. Los marineros cobraban a la vuelta tras vender el aceite que se sacaba de las ballenas en tres años de caza. Los navegantes ven como Ahab las deja pasar de largo, como pierde el aceite cosechado y sólo habla de Moby Dick.

Con este personaje celebra José María Pou los cincuenta años sobre las tablas. Un personaje con reminiscencias al Rey Lear. Es imposible no encontrar paralelismos. Dicen que Moby Dick es la obra que le faltó escribir a Shakespeare. Recurda Pou las palabras de Ray Bradbury, guionista del Moby Dick de John Huston, que afirma que Shakespeare escribió la historia de la ballena blanca utilizando a Melville como tablero de ouija. Y es que el autor guardó la novela en un cajón y releyó las obras del dramaturgo inglés para encontrar el punto que le faltaba a su obra. 

Oscar Kapoya y Jacob Torres completan el reparto estando a la altura del mismo. El ritmo acelera en los quince últimos minutos para crear un final de vértigo, a vela desplegada con la proyección del ojo de la ballena en una instantánea para el recuerdo.

Lástima que sonara un móvil, luz incluida, y rompiera el "castillo de emociones" -así lo define el propio Pou- que actores y público van construyendo durante la función. Parece mentira que, a pesar de las advertencias al comienzo, el respetable siga desobedeciendo y cargándose el trabajo generoso de unos artistas que viven por y para ellos. 

F. Garcón.