Reseña | El hermano muerto

"El hermano muerto". Función del jueves 18 de octubre en TNT Atalaya. (MITIN)

Odín Teatret

Dirección: Eugenio Barba

Interpretación: Julia Varley

" ¿Qué hacer con el teatro? Mi respuesta, si tengo que traducirla en palabras, es la siguiente: una isla flotante, una isla de libertad. Irrisoria, porque es un grano de arena en el torbellino de la historia y no cambia el mundo. Pero es sacra, porque nos cambia a nosotros"

Eugenio Barba

Hablar sobre cualquiera de los espectáculos del Odín Teatret es, inevitablemente, hablar del director de la compañía Eugenio Barba y de un increíble grupo de actores y actrices hermanados por una idea, una forma de vida, una semilla teatral. Hombres y mujeres persistentes, que resisten con su teatro al paso del tiempo. Pero es hablar también del encuentro y del intercambio, hablar del concepto de grupo. Por supuesto, no se nos debe olvidar, es profundizar en todo lo que tenga que ver con el entrenamiento actoral. Nadie desde el maestro Stanislavsky ha desgranado y analizado los diferentes ámbitos de la disciplina actoral como lo ha hecho Barba, que nos ha dado además una visión completa y viva de la misma, que podemos considerar en continuo crecimiento, en constante desarrollo, dejando además este valioso legado escrito en sus libros. Por descontado, así lo demostró el jueves por la noche en un teatro de barrio, como no podía ser de otra manera. La casa de Atalaya se inundó de profesores y alumnos, actores, directores, profesionales del sector, hombres y mujeres de teatro todos ellos. No era para menos, considerando el recorrido de esta compañía y su notable influencia en en grupos teatrales grandes y pequeños alrededor de todo el planeta. Sin duda los asistentes al encuentro con director y actriz previo al espectáculo, se regalaron un buen puñado de verdades teatrales. Algo tremendamente necesario. Vital, me atrevería a decir, en los tiempos que corren, donde el teatro de investigación ha sucumbido en gran medida al gran teatro comercial. Ver a tantas generaciones de actores y actrices en un patio de butacas interesadas en lo mismo da un ápice de esperanza y reconforta.

Centrándonos en la pieza en cuestión, con "El hermano muerto" Barba nos propone un espectáculo-demostración, una explicación con todo lujo de detalles de cómo afrontar, desarrollar y concluir una propuesta teatral. O al menos de como lo hacen en su compañía. En su afán por la formación constante de los intérpretes, el maestro acerca los entresijos del arte teatral al público. Nos enseña además la relación laboral que se establece entre director y actriz, definiendo entre ambos la propuesta final.

Como única escenografía dos sillas en el centro adelantado del escenario. Algo de vestuario sobre una de ellas. Una flor roja. Iluminación blanca y fija. Luz también en el patio de butacas.

Parece más una conferencia que un espectáculo en sí mismo, idea que se desvanece en el momento que da comienzo esta particular función y comprobamos que tiene poco de conferencia al uso. Asistimos entonces a una disección detallada del trabajo de la acción física y el texto que pone en juego con maestría la actriz Julia Varley. Ella misma nos explica de donde proviene cada movimiento, cada imagen que crea con su cuerpo, cada texto que ha utilizado y cómo ha llegado a la melodía vocal de dichas palabras. Nos habla también de cómo el director moldea seguidamente su propuesta para llegar a otro punto entre ambos. Todo con una precisión quirúrgica, pero rebosante de vida. Con un ritmo lento y constante, que lejos de aburrir invita al entendimiento, Varley construye el espectáculo-propuesta delante del espectador por partes, uniendo todas al final, es decir, mostrándonos un resultado completo, encajado y vivo que nos coge por sorpresa: texto y voz, acción física ( partitura), emotividad, simbología, mensaje. Parece difícil que se produzca la magia teatral en este espectáculo, por lo que tiene de explicación, de demostración. En absoluto es así. La energía que modela la experimentada Julia Varley en su cuerpo a través de la partitura de acción, las imágenes que toman vida y vibran entrelazadas en su voz, el puro compromiso con lo que está haciendo, con ese aquí y ahora tan difícil en teatro, cargan la propuesta de una intensidad contenida, de una sencillez y equilibrio que nos invita a quererla ver una vez más. Una actriz en conclusión generosa y comprometida que da una lección de buen hacer actoral sobre las tablas. Todo envuelto en un halo antiguo, viejo, pero al mismo tiempo vivo y transgresor.

Y es que las propuestas del Odín Teatret son, sin lugar a dudas, únicas y con un marcado sello personal. Tienen algo que nunca deja indiferente. Una forma de trabajo que enriquece el arte escénico. Una profundidad en la investigación actoral que, como hombres y mujeres de teatro, deberíamos cuidar y mantener si no queremos sorprendernos un día sin saber que estamos haciendo sobre el escenario de un Teatro.

Raúl G. Figueroa