Reseña | Brujas del plata

"Brujas del plata". Función del 25 de enero de 2019. Sala La Fundición.

Cía Un Proyecto Corriente

Antígona: Antonia Gómez

Ofelia: Rebecà Torres

Dirección: Juan Luís Corrientes

Sonido: Abel Portilla

Comunicación Alf-Choice


Brujas del Plata, de la Cía Un Proyecto Corriente, tiene poco de corriente y mucho 'del Corrientes', ese hombre que sigue jugando con la libertad de un niño y que, por fortuna para los que nos gusta el arte escénico, merodea de vez en cuando por los teatros de esta ciudad, exhibiendo un sello teatral personal y genuino.

En esta ocasión, Juan Luís Corrientes se pone al frente de la dirección de un texto de la dramaturga uruguaya Hekatherina Delgado. Y aquí hacemos la primera parada, porque el director construye la propuesta escénica con la premisa clara de que cada palabra de este texto llegue a lo profundo del que mira y genere una reflexión. Lo consigue. Hablamos de una obra dura, cruel, que saca a la luz las miserias humanas sin tapujos y que justamente invita a que hagamos exactamente eso, 'sacar toda la mierda fuera'. No esconderla, no apartarla, no enterrarla. Sacar los demonios fuera para intentar calmar lo que nos angustia. Un texto que pasa del drama a un humor sutil y que vuelve sin más al drama, que transita la tragedia y al que el director y las dos actrices sacan partido de forma inteligente y comprometida.

Y aquí la segunda parada. Y es que sustentar todas las capas que posee este texto sobre las intérpretes, es un ejercicio artesanal de riesgo, del que Rebeca Torres (Ofelia) y Antonia Gómez (Antígona) salen más que airosas. Las dos prestan voz y carne a unos personajes que viven en los extremos, chocando casi desde el primer contacto, ya que su relación quedó cimentada tiempo atrás en ese entierro de cosas que pasaron, pero que no volvieron nunca a ser habladas. El trabajo de las intérpretes es realmente magistral. Hacen sencillo lo profundo y transitan con elegancia sobre la progresión física y anímica de estos personajes. Rebeca no deja de sorprender nunca con esa verdad pasmosa y sobria que le caracteriza como actriz desde siempre, construyendo una personalidad dulce pero dura, niña convertida en mujer desolada. En el mismo nivel se mueve Antonia, con un elaborado carácter que nos hace reír y nos hiela la sonrisa al minuto siguiente, sin pretenderlo, sin buscarlo, simplemente dando vida a las palabras regaladas por la autora. No actúan, más bien habitan. Habitan el espacio que van construyendo para esta particular propuesta.

Llegamos entonces a la tercera parada: el espacio escénico. Al entrar me encuentro un escenario con tierra y hojas secas, hojas otoñales. Un par de sillas y varios elementos más. Al fondo el técnico de sonido (Abel Portilla) mimetizado como un personaje más. Es un espacio sucio, desordenado, caótico, pero, al mismo tiempo, tremendamente evocador. Hay dos filas de butacas sobre el escenario, una a cada lado de esa extensión de hojas y tierra. Tengo la suerte de sentarme en una de esas sillas. Sólo al observar bien en la penumbra, reparo en que Ofelia yace casi completamente oculta bajo las hojas y asalta mi memoria la imagen del cuadro del pintor John Everett Millais sobre la Ofelia de Shakespeare. La idea de la muerte remueve mi cabeza. La poesía y la crueldad confluyen en ese instante sobre las tablas. Ya no volverán a salir de mi cabeza hasta un buen rato después de abandonar la sala. Antígona baja las escaleras de La Fundición, en un lateral del patio de butacas, ataviada como un cirujana, aséptica. Es tal vez la única forma de entrar a ese espacio que recuerda en parte a un vertedero. Lo cierra a su paso con esa cinta a rayas que se pone en las obras en la calle. Y la escena queda preparada para la pelea, pues se ha construido ante los que miramos un particular ring de boxeo. La obra hace ya rato que ha empezado. Nada parece estar en su sitio, ninguno de los objetos. Todo es caos. Poco a poco compruebo que todos y cada uno de ellos tienen su función y su simbología y que este caos no hace mas que ayudar al espectador a adentrarse en la compleja relación de los personajes. Parece un reflejo de todo lo que las separa y, a la vez, las une. Con la luz y los efectos sonoros se juega a crear un verdadero combate de boxeo, cargado de acciones que transgreden y violentan. Muy acertado el uso del teatro dentro del teatro. Necesario para descargar la escena y asentar en el público todo lo que va ocurriendo. Y es que las actrices, entre asalto y asalto, se sientan y rompen la cuarta pared para hablarnos directamente a los ojos. Cambian su acento, ríen y comentan lo que está sucediendo en escena. Y a mí me recorre como un escalofrío esa nerviosa incomodidad que todavía guardo como espectador cuando estoy tan cerca de los actores y no sé que están dispuestos a hacer con nosotros. Es muy reconfortante.

Y llegamos a la última parada, o mejor habría que decir al último asalto: el sentido de todo esto. 'Brujas del Plata' consigue palpablemente lo que, en boca de la compañía, se propone: ' Atacar las mentes para una reflexión posterior, para que el espectador o visionador de las diferentes cápsulas escénicas o audiovisuales no sea un ser amaestrado e inerte durante ese tiempo empleado para ello y se convierta por tanto en algo estéril'.

Entre director y actrices consiguen no sólo que reflexionemos, sino que vivenciemos con ellas todo lo que acontece en su espacio sagrado. Y que, con sorpresa final, para muchos de nosotros resulte un tiempo empleado para la catarsis. Un espectáculo arriesgado, que roza a vaces lo performático, pero sin perder nunca la línea dramática del texto. Un director libre que se lanza al abismo sin red y unas actrices generosas que le siguen sin pensarlo. Una generación de artistas que siguen sumergiéndose en el teatro más comprometido, en la investigación audaz y a veces temeraria. Es de agradecer que sigan ondeando esa bandera. 'Brujas del Plata', un proyecto nada corriente.


Raúl G. Figueroa