Opinión | Gracias por la provocación.

J.M.Mudarra // Gracias por la provocación

"Una verdadera pieza de teatro perturba el reposo de los sentidos, libera el inconsciente reprimido, incita a una especie de rebelión virtual e impone a la comunidad una actitud heroica y difícil"

Con esta frase defiende Artaud el compromiso del teatro con su tiempo y arroja a la cara de los creadores nuestros propios miedos y comodidades. Y lo hace a modo de idea, de maza o de dolor.

Desde ese punto de vista, el teatro requiere de mentes valientes, aunque sea solamente desde la posición de cuestionárselo todo, incluidas las propias ideas.

Desde siempre he entendido el arte como una forma de trascendencia espiritual, un modo de comunicación profunda y un vehículo de transformación. De ahí que me preocupen tanto los procesos y la implicación de los artistas en los procesos. No sólo debemos atender a fórmulas específicas que produzcan este o aquel resultado, sino navegar continuamente a la búsqueda de procesos artísticos y personales que nos pongan en honda conexión con nosotros mismos y con los demás.

Shakespeare lo expresa en Hamlet tajantemente cuando el príncipe verbaliza: "El teatro será la red que atrapará la conciencia de este rey". Así nos acerca a esa función del arte a través de la cual nuestra intimidad es atravesada por una experiencia aparentemente lúdica, inocente, pero que posee en su interior un tremendo poder de autodescubrimiento: el teatro.

La fuerza evocadora, la sugestión de imágenes, la asociación de ideas, la emoción... todos los poderes que el arte teatral posee, y que podríamos enumerar largamente, convocan en nuestro interior a todos esos elementos latentes, dormidos, tal vez, que emergen con resorte incontrolable, cuando algo, lo que sea, un cambio de luz, una frase, una mirada, un gesto, lo que sea, nos penetra y nos mueve por dentro conectando de nuevo, sin remedio, lo que estaba aparentemente apagado.

Es evidente, inevitable y mágico. Esa reacción interna se produce como una resurrección interior de pensamientos, sentimientos, ideas, recuerdos, nostalgias, miedos, alertas, estímulos, sensaciones físicas o ecos interiores. Y aparece a veces con efecto retardado. Días después. Incluso más tarde. Inconscientemente, quizás.

Cuando esto se produce, los signos escénicos han hecho su trabajo, el teatro ha cumplido su tarea. Se ha hecho vida y nos ha llevado hacia el mejor lugar donde puede llevarnos: dentro de nosotros mismos. Y de entre todos los promotores de ese viaje, el más seguro de ellos, el más fiable es la calidad poética. La poesía visual, la textual, la musical, lo corporal... La poesía de cualquier tipo. El valor poético de la comunicación, en definitiva, con toda su arrolladora energía, ejerce de transportador infalible hacia los mares infinitos del pensamiento.

Eugenio Barba habla también de ello cuando aclara que es nuestra misión tender puentes invisibles entre el escenario y el mundo del espectador. Puentes de comunicación que nos pongan en la senda de nuestros recuerdos, de nuestros miedos o de nuestros compromisos. Y esto es posible sea cual sea la técnica empleada, siempre que exista la implicación de los ejecutantes y participantes de eso que llamamos encuentro o rito teatral. Y en otro momento, el propio Barba, añade: "¿Qué hacer con el teatro? Una isla flotante, una isla de libertad. Irrisoria, porque es un grano de arena en el torbellino de la historia y no cambia el mundo. Pero es sagrada, porque nos cambia a nosotros mismos"

Y ahí, en mi opinión está el meollo, o uno de ellos: lo sagrado nos transforma; el rito sagrado del teatro y su vivencia nos conecta a nuestras raíces más profundas y mueve en nuestro interior zonas ocultas, o no tanto, que han sido expuestas gracias a la luz que arroja sobre ellas el teatro.

Pienso como André Breton que "la belleza es convulsiva o no es nada en absoluto". De tal forma que en la observación de una belleza convulsiva a modo de acción, de imagen o de momento escénico, emerge todo el valor de lo extraordinario.

Lo extraordinario es lo poético, lo inquietante, lo que nos devuelve la magia, aquello que nos aleja de lo descriptivo en el teatro y nos mueve hacia lo intuitivo, revelándonos lo que está al otro lado. No es nada raro, ni ajeno a nosotros mismos, se trata de lo más esencial y vivo, lo latente, lo invisible... "El teatro es una revelación. Además de lo visible, hay que revelar lo invisible" (Gordon Craig)

En cierta ocasión, después de una actuación en Logroño, mientras los actores y actrices de nuestra compañía realizaban los estiramientos finales, como hacemos siempre al terminar, una señora de unos cincuenta años observaba desde una prudente distancia. Escudriñaba con especial atención cada gesto. Quería abarcarlo todo y, a la vez, cada detalle. Como queriendo meterse dentro de aquel misterio. No perdía ojo. Visiblemente emocionada e inquieta, pero destilando paz y seguridad, se acercó al borde del escenario y agradeció breve y enfáticamente la representación que habíamos llevado a cabo. Mis compañeros y compañeras devolvieron la atención agradeciendo a su vez esas palabras y ese gesto. Se apartó y siguió mirando desde más lejos. Su actitud reflexiva y dinámica al mismo tiempo era evidente. Viendo que no se marchaba, me acerqué y entablé con ella un breve, pero emocionante, diálogo:

  • Gracias por venir a vernos y gracias por sus palabras- dije con sinceridad- Ha sido muy amable. Ahora, cuando recojamos, tomaremos algo en el ambigú del teatro. Si lo desea puede acompañarnos y charlamos sobre la obra, algún aspecto... Nosotros lo hacemos muy a menudo y será un placer para nosotros.

  • Yo no puedo hablar ahora de nada, después de ver esta obra - dijo con absoluta firmeza- lo que voy a hacer es irme a casa y pensar, porque tengo muchas cosas que cambiar.

Mientras se marchaba, sentí la emoción de un fuerte abrazo, de una mirada de agradecimiento profundo o la del beso sincero de un amigo.

La obra era Máquina Hamlet de Heiner Müller. El texto de este gran autor, el desgarro, tal vez, del trabajo de mis compañeras y compañeros, o quizá alguna otra cosa del montaje le perturbó, le conmovió o le hizo pensar o sentir algo que le movió por dentro. Para nuestro grupo, este momento será siempre recordado como algo hermoso e inquietante a la vez.

Respeto, por supuesto todo tipo de motivaciones ante la experiencia teatral, tanto si somos artistas, como si somos espectadores. Por supuesto. Lo respeto. Y creo también en la función lúdica del arte. Pero enfoco el hecho teatral desde la necesidad de transformación personal y social y no sólo como mero arte de entretenimiento. Por eso creo en el rito. Por eso creo en lo sagrado del arte. Por eso creo en el poder perturbador del teatro. Por eso también recuerdo a todos estos maestros mencionados, y otros y otras muchas.

Y por eso encuentro muy aleccionadores y estimulantes aquellos trabajos que tengo la suerte de ver en el teatro y que me trasmiten la fuerza oculta de la vida y llenan mi retina, mi cabeza y mi corazón de momentos memorables.

Por suerte, esto ocurre a veces. Cuando eso sucede, en ese momento, sólo puedo decir a quienes me han regalado esa posibilidad de liberar mis sentidos y atraer hacia mi la perturbación que despierta el arte: gracias por la provocación.