Opinión | El pacto

Moncho Sánchez-Diezma // El pacto

"Rogamos apaguen los móviles, y les recordamos que está prohibido realizar grabaciones en vídeo o hacer fotos con o sin flash. La función va a comenzar" Baja luz de sala, se abre telón (si lo hay) y sube el primer efecto. Es entonces cuando entran Antígona, Peribáñez, Anna Fierling o Willy Loman. Sentado en el público yo sé que no eres Antígona. Tú también lo sabes, tendrías que tener 2.500 años, ser tebana e hija de Edipo. Fantasía freudiana. El caso es que durante un par de horas yo voy a jugar a creer que eres Antígona; y tú vas a jugar a hacerme creer que lo eres. Establecemos un pacto. Yo tengo que poner mi voluntad de entrar en el juego, y tú las herramientas para que lo crea. Quiero que me cuentes la historia. Pero no sólo la historia: eso me lo podrías contar en el bar de al lado "dos cervezas, por favor, verás, resulta que había una muchacha que tenía dos hermanos, Eteocles y Polinices, habían establecido un régimen de alternancia en el poder, pero uno de ellos le coge el gusto al trono y no lo suelta llegado su momento. El otro queda con seis colegas, tira para Tebas y se lía parda..." No, prefiero que me lo cuentes interpretando al personaje, vivirlo contigo, transitar juntos esa experiencia. Que me lo cuentes con una propuesta clásica, moderna, vanguardista, como quieras pero que me lo cuentes de verdad. Dirección, escenografía, iluminación, espacio sonoro, etc. van a marcar la forma del relato, pero lo que más me interesa es el recorrido existencial y emocional del personaje. Y para que en el público podamos experimentarlo hay que mantener el pacto. ¿Cómo mantenerlo? La respuesta es, como casi siempre, la más simple (Ockham con su navajita) y a la vez la más compleja: con verdad. ¿Verdad? Claro, pero hemos visto al principio que todo es mentira. Entonces, ¿de qué verdad estamos hablando? De la verdad escénica, sea ello lo que sea. Y para rizar el rizo, la verdad que tú puedas experimentar interpretando a Antígona no es la misma que la percibida por mí en el patio de butacas. Para Sócrates la verdad está en el interior de uno mismo. ¡Hala, a buscar! Por ahí no, eso es el hígado, un poco más para arriba. ¿En el corazón? ¿En el cerebro? ¿En los pulmones? ¿En el alma, y caso de existir, en cuál, en la racional, en la irascible o en la concupiscible? (Gracias, Platón, ahora está todo mucho más claro...) Si queremos hacer un breve repaso a las diferentes concepciones de la verdad, necesitaríamos unas cien mil páginas por lo menos, sólo con los pensadores de raíz grecorromana... volvamos al escenario mejor. Veo a alguien entrar en escena. ¿Es la actriz o es el personaje? Tengo que ver al personaje para que sea verdad. Pero estoy asistiendo a un hecho artístico, no a un documental, por lo tanto también veo y valoro a la actriz que está encarnando -como diría nuestro Konstantin- a dicho personaje. Y es de hecho esa actriz, ese actor, quien me lleva a vivir la verdad de la acción. Y la acción es lo que hace. Por lo que hace y por cómo lo hace yo entro -o no- en esa verdad, en ese pacto. Porque no sé lo que le estará pasando por dentro, pero por sus acciones y por lo que me cuenta puedo suponer lo que debe de ser su proceso, y por cómo me lo cuenta compruebo si una cosa -el qué- encaja con la otra -el cómo-. Ahí puede haber un punto de arranque para esta búsqueda de la verdad escénica. Que la forma de contarnos los hechos tenga conexión lógica con los mismos hechos. Y a esto podemos añadir una frase del catálogo de verdades de la abuela: "cada uno cuenta las cosas como le vienen". Es decir, y volviendo a Konstantin, "El trabajo del actor sobre sí mismo en el proceso creador de las vivencias" y "El trabajo del actor sobre sí mismo en el proceso creador de la encarnación" (A Stanislavski siempre le quedaban largos los títulos). Tiene que haber conexión entre los hechos, los antecedentes del personaje y la forma de contarlo. Por no hablar de la propuesta de dirección. No es lo mismo un planteamiento "clásico" para estrenar en un teatro grecolatino, con sus túnicas y, arriesgando mucho, sus coturnos, que una propuesta contemporánea, arrancamos con Antígona entrando en el ático de la torre Trump, vamos a necesitar mucha pintura dorada... Pero también tengo que creerme a Ismene, a Creonte, a todos los personajes que transitan el escenario; y además creerme la relación entre ellos. El actor que interpreta a Creonte y la actriz que encarna a Antígona no son tío y sobrina (y aunque lo fueran dudo que sus circunstancias tuvieran algo en común) pero al verlos en escena entiendo que se conocen de siempre y que han vivido juntos muchos malos y buenos momentos -Layo, Yocasta, Edipo, Eteocles, Polinices...- en fin, más momentos malos que buenos. Si todo esto ocurre en escena, y si como espectador estoy cumpliendo con mi parte del pacto, es decir, estar atento, predispuesto al juego y CON EL MÓVIL APAGADO, puedo empezar a sentir la verdad. Pero la verdad no es un sentimiento, diréis. Cierto, pero como tampoco sabemos lo que es podemos llamarlo magia, la magia del teatro. Que a veces se da y otras no. De lo que hablamos es de crear las circunstancias para que ocurra.

Como espectador empiezo a tener algo claro, ¿pero qué pasa al otro lado, en el escenario? ¿Cómo experimenta la verdad la actriz o el actor? Porque tu juego es más complejo, estás jugando a ser otro u otra. Pero ¿hasta qué punto puedes ser ese otro sin dejar de controlar el juego? Porque si eres otro al cien por cien, tendremos que llevarte a un sitio donde unas personas con batas blancas te van a dar unas pastillas y te vas a quedar muy tranquilo. Pero eres, en cierto modo, otro. ¿Qué está pasando ahí dentro? ¿Quién anda ahí? Crear un personaje sería construirnos una segunda mesa de mandos (quien haya visto "Del revés" lo entenderá...) con procesos lógicos y emociones que rigen las acciones del personaje diferentes a las nuestras. También tenemos que inventarnos unas islas de la personalidad y recuerdos a corto y largo plazo del personaje. Cada acción del personaje obedece a una lógica y a una línea de pensamiento que no son las nuestras, vienen de esta mesa de mandos que hemos inventado con toda la información que nos da el texto, conjugándola con las propuestas de dirección, escenografía, vestuario, etc. Pero jugamos con esos mandos desde la mesa principal, nosotros somos esa mesa principal, pero le cedemos los mandos en parte a esa otra mesa. Yo puedo llegar al teatro alegre, triste, preocupado, enfadado... pero Segismundo no tiene que pagar por ello, bastante tiene con lo que tiene. No me extraña que la ira esté mucho tiempo a los mandos de esa mesa. Y para acabar con este cóctel Stanislavski-Layton-Pixar, la famosa inspiración dependerá del porcentaje de control que cedamos a ese segundo centro de mandos.

Si las actrices y actores juegan de verdad el personaje y el público juega a creerlo, habrá pacto, habrá teatro.