Reseña | Luces de bohemia

Teatro Clásico de Sevilla
Teatro Clásico de Sevilla

"Luces de bohemia". Función miércoles 10 de octubre de 2018. Teatro Lope de Vega.

Dirección y versión: Alfonso Zurro.
Reparto: Roberto Quintana, Manuel Monteagudo, Juan Motilla, Antonio Campos, Juanfra Juárez, José Luis Bustillo, Amparo Marín, Rebeca Torres y Silvia Beaterio.
Producción: Juan Motilla y Noelia Diez
Diseño de escenografía y vestuario: Curt Allen Wilmer.
Diseño de iluminación: Florencio Ortiz.
Música, espacio sonoro: Jasio Velasco.
Realización vestuario: Rosalía Lago.
Ayudante de dirección: Verónica Rodríguez.
Ayudante de vestuario y escenografía: Mar Aguilar.
Diseño gráfico: Manolo Cuervo.
F
otografía: Luis Castilla.
Maquillaje y peluquería: Manolo Cortés.
Equipo técnico: Tito Tenorio, Antonio Villar, Rafael Calderón.
Realización escenografía: Mambo, Teatro Clásico de Sevilla.
Distribución y comunicación: Noelia Diez.


"El esperpento de lo que fuimos y lo que somos"

La Compañía de Teatro Clásico de Sevilla regresó al Lope de Vega con su Luces de Bohemia. Después de un año girando por toda España, el montaje dirigido por Alfonso Zurro alzó el telón tras cosechar éxitos de crítica y público. 

De entrada este montaje tiene algo interesante y -paradójicamente- no muy común cuando uno se sienta en la butaca: Teatro. Paladeando cada sílaba o ampliando a mayúsculas. Teatro. Desde que el telón sube lentamente huele a teatro. Dos horas de teatro. Sin parar. Y eso lo agradecen los estómagos hambrientos. Pero no empecemos por el final, eso se lo dejamos a Zurro que, por cierto, resuelve de manera inteligente. Mete al espectador en su universo desde el minuto uno, camuflando el queso en el flashback inicial para que se antoje imposible no seguir mordiendo hasta caer en la trampa. Max Estrella está siendo enterrado y al público se le tiende una mano para recomponer la última noche del poeta ciego. Un crepúsculo físico y psicológico a modo de viacrucis, rodeado de canallas, oscuridad y miseria. Sin desvirtuar, fiel a la esencia de Valle-Inclán, el director salmantino moldea la obra con pinceladas que la acercan al público actual.

Una trampa que no es otra que la del reflejo de la España que fuimos, de la sociedad que fuimos y que, irremediablemente, volvemos a ser. Tiene vigencia uno de los textos más rotundos de la escena española. Una obra que revolucionó el mundo teatral inaugurando el esperpento, rompiendo con las convenciones escénicas anteriores y deformando la civilización europea. Inestabilidad política, menoscabo del talento o la manipulación de los medios de comunicación son algunos de los temas que se ponen en la mesa y que parecen no quedar obsoletos nunca.

Avalados también por los galardones -ocho Premios Lorca y ocho nominaciones a los Max- la compañía se consolida a partir de pilares sólidos. Un equipo que se conoce y sabe a lo que juega. En estas instantáneas de claroscuros, Curt Allen Wilmer saca máximo partido a las cajas que conforman el espacio escénico, dando juego a crear con coherencia y tino lugares que, a priori, parecían imposibles. Destacan las literas o la cárcel. En la misma línea el vestuario, cuidado y a favor de lo que se cuenta. Asimismo, la música de Jasio Velasco sobrecoge en su solemnidad, acompaña e introduce al espectador en el Madrid absurdo y brillante de la época. Por su parte, Florencio Ortiz traza un delicado juego de luces que enriquecen la escena hasta el punto de convertir la luz, por momentos, en lo más importante de la obra. Si a esto le sumamos la sublime interpretación de Roberto Quintana y su quijotesco Max; la maestría de Manuel Monteagudo y la versatilidad del resto del reparto, el cóctel es infalible. Juan Motilla, Amparo Marín, Antonio Campos, Rebeca Torres, Juanfra Juárez, Silvia Beaterio y José Luis Bustillo completan un elenco en estado de gracia. Cabe destacar el coro, interpretando las poéticas acotaciones del autor; y la sorprendente aparición del propio Valle-Inclán en el café, sustituyendo al Rubén Darío del original.

Ese cráneo privilegiado enamora y su paseo por el Gólgota impacienta, agobia y entristece. Con un ritmo trepidante, la maquinaria es tan perfecta a los ojos que a veces te deja un sentir frío por el cuerpo. Como si no te estuviera traspasando el alma. Sin embargo, cuando sales por la puerta queda el regusto de haber respirado teatro. Teatro. 


F. Garcon