Opinión | Cuando abandonamos el rito

Fotografía: Alejandro Talaverón
Fotografía: Alejandro Talaverón

Raúl G. Figueroa // Cuando abandonamos el rito...

Cuando llego a un teatro a trabajar sigo manteniendo viva la convicción de que estoy entrando a un templo que existe en un espacio y un tiempo sagrados, cuidadosamente preparado para acoger el estallido comunicativo y catártico del rito teatral, original en lo idéntico de cada noche de función. Siempre encuentro un momento para estar sólo en el escenario, para respirarlo. No es algo místico ni nada por el estilo. Se podría decir que simplemente estoy esperando a los primeros brillos del rito.

A muchos podría parecerles un esfuerzo inútil, a juzgar por una época en la que no está de moda invertir demasiado tiempo en nada, una época en la que de forma sintética se resumen vidas completas con un selfie y se mide el éxito en número de likes. Pero la realidad es que nuestra tarea escénica es semejante a la de un artesano y se requiere tiempo y concentración para ejecutarla adecuadamente. La potencia ritual del teatro no cabrá jamás en una red social.

Tal vez por eso el teatro, en ciertos niveles de precariedad, sigue vivo todavía. Pero se debate, se debate entre lo que debería ser y lo que alcanza a ser. Y no me refiero solo al resultado escénico que tanto nos atormenta y tantísimo se valora últimamente, sino al proceso en sí. Un proceso que se ha visto diezmado en tiempo, filosofía, compromiso, principios, rigor, ética y por supuesto dinero, sin el cual todo lo anterior tiende a morir. Es tal la inmediatez y la optimización que se espera de los creadores y sus creaciones, que el propio afán del resultado ahoga los procesos de aprendizaje e investigación. Porque los actores siguen aprendiendo durante toda la vida. Lo dicen los grandes autores de teoría teatral, los constructores del Arte Dramático. Y aunque nos lo han transmitido nuestros maestros y así lo transmitimos a nuestros alumnos, rezamos para que no sea simplemente una frase en facebook y sí un pensamiento que forje verdaderamente el carácter del actor y de la actriz. En un oficio en el que éstos son pieza fundamental del engranaje de la escena, se hace cada vez más necesario que nos planteemos, como hombres y mujeres de teatro, qué queremos vender sobre las tablas.

El teatro como vehículo comunicativo, como herramienta para la reflexión y el crecimiento cultural de una sociedad, hace tiempo que, en el nivel en el que las pequeñas compañías nos movemos, ha sido sustituido por la venta. Se apuesta por efímeros espectáculos cercanos a la peor pantalla televisiva para sacar unas monedas sábado tras sábado y esperar probablemente un papel, remunerado o no, en una serie con tirón mediático que bien podría titularse "Pan pa hoy y hambre pa mañana", así en andaluz y evidentemente sin complejos. Es muy comprensible. Hay que pagar facturas y comer. En muchas compañías la venta ni siquiera alcanza para vivir, solo para seguir vendiendo. Absurdo. Así que mientras intentamos pagar o vivir, estamos matando entre todos el rito y alimentando un público cíclico integrado por nuestras familias y compañeros de profesión. Algo paradójico y grotescamente gracioso en un gremio que se ahoga con una sonrisa en la boca en su propia miseria. Porque además nos han dicho que seamos felices, que tenemos que sonreír aunque estemos jodidos, así que ahí estamos, coartados por nosotros mismos. Y mientras tanto, lo que aprendiste de respeto por la profesión y por el trabajo duro se confronta claramente con la idea de que la ética, o el arte hecho desde una perspectiva honesta, no da de comer en esta etapa crítica de políticas austeras o tal vez deberíamos decir de una austera crítica política. El caso es que te planteas qué poner o no poner en el teatro y nunca lo habías hecho hasta entonces y guardas las formas no vaya a ser que te encuentres una denuncia o un batallón de positivos que te aconsejan desde su inmensa sabiduría: "Haz comedia". Cómo si fuese fácil hacer comedia o el problema radicara en el género en cuestión.

Tenemos miedo. Y ese miedo y la necesidad de esa inmediatez en los procesos de creación y venta se han instaurado claramente dentro de estos grupos pequeños y medianos. Lo importante ya no es la filosofía de trabajo, ni las horas ni la calidad de las mismas. Al final es más importante todo lo que rodea al hecho teatral que el hecho teatral en sí mismo. Y si no hay calidad en el proceso difícilmente podrá haberla en el resultado. Las compañías pequeñas tenemos la responsabilidad de seguir sustentando un teatro de calidad, insisto, de calidad no sólo en el resultado sino en el proceso. Ese es el futuro de un arte escénico vivo y en la vanguardia de la cultura del siglo XXI.

Hace unos días leía una entrevista al maestro Sanchís Sinisterra, que tan bien transita esta senda oscura del teatro: "El dilema del teatro hoy es: ser ágora o mercado" y hoy he leído al maestro Zurro en otra entrevista decir que si un dramaturgo escribiera en nuestros días lo que Valle Inclán escribió en "Luces de bohemia", probablemente le censurarían y le multarían. Cuánto se agradecen las verdades y la valentía en las entrevistas de teatro hoy en día. Es verdad, las políticas no nos acompañan y la economía tampoco, pero aún así nuestra obligación moral es estar pegados a la calle, contar desde la verdad, desde el oficio, desde el rito. Utilizar el teatro como lo han hecho los grandes autores a lo largo de la historia, como un arma comunicativa que denuncia, critica, hace pensar y nos cambia. Ese es el teatro que siento, el que me enseñaron, el que sigo enseñando, en el que creo sin fisuras y el que últimamente tengo que buscar como un zahorí busca agua.

La escena es un espacio de libertad que deben surcar los valientes. El rito comienza en el local de ensayo.