Entrevista | Alfonso Zurro

"En el teatro andaluz no hemos sabido nunca tener capacidad empresarial"

Desde que llegó de su Salamanca natal hace más de cuarenta años, Alfonso Zurro ha vivido de todo en el viejo oficio de contar historias. Como autor supera la treintena de textos dramáticos estrenados; además de dirigir más de cuarenta puestas en escena de teatro, ópera y zarzuela. Desarrolló gran parte de su trabajo con La Jácara y ahora mantiene una relación fructífera con la Compañía de Teatro Clásico de Sevilla. En octubre Luces de Bohemia vuelve al Lope de Vega; mientras que en navidades se estrenará en el Teatro Central su nuevo trabajo: La Principita.

Pregunta: Éxito de público y crítica, reconocimientos, director de la gala de los Premios Max y en unos meses un nuevo estreno. ¿Cómo valoras el momento profesional que atraviesas?

Alfonso: Los momentos dulces son casualidades del destino. Casuística. Cosas que ocurren. Otras veces también trabajas con el mismo esfuerzo, con la misma capacidad, y de pronto las cosas no salen. Nos dedicamos al arte, que no es una ciencia exacta. Tú pones todo lo mejor pero esto no funciona, esto no queda como quieres, o el público no lo entiende, o no lo comprende o no le gusta. Es todo bastante relativo. Uno de los componentes fundamentales de nuestro trabajo es la suerte, en el trabajo de la interpretación de los actores también. Un actor puede ser muy bueno, excepcional, pero como no tenga suerte se queda anclado. Nadie va a buscarte a casa. Te tienes que mover, ofrecerte y como se dice: el no ya lo tienes por respuesta. Hay que conocer que es lo que se está haciendo, quién está trabajando y saber que la empresa es uno mismo y hay que ofertarse.

P: ¿Qué retos te marcas?

Alfonso: No me marco retos. Las cosas van llegando, el trabajo va llegando. Creo que el aprendizaje de vivir es importante también a la hora de contar cosas sobre un escenario. Mis necesidades, por ejemplo, de escribir: quiero hacer esta obra, o esta otra. Hasta ahora la mayoría de todos mis escritos, de todo mi teatro, es para procesos de creación. No escribía para guardar en un cajón o esperar a ver qué pasa, mandarla a premios, etc. Escribía a pie de cañón, sabiendo que La Jácara necesitaba tal obra o que tal persona me encarga una obra de determinadas características. Siempre he trabajado así. Para mí son dos mundos distintos la literatura dramática y la puesta en escena. Tenemos la desgracia de llamar a todo teatro. La primera es negro sobre blanco y en la segunda entran muchos componentes. Ahora tengo la sensación de que voy a escribir obras, de vez en cuando, por placer. No para ponerlas en escena. Voy a investigar un tema y lo haré dentro de la literatura dramática pero ya sin agobios.

P: ¿Están los clásicos más vivos que nunca?

Alfonso: Volvemos a los textos que están escritos desde hace miles de años pero desde la época en la que vivimos. El espectador que lo ve lo hace desde la época en la que vive. Por eso no diferencio el teatro clásico como una cosa antigua ya que lo ve un espectador contemporáneo. Una persona que tiene unas vivencias, un móvil, un sentido de comunicación diferente y que ha vivido cosas muy determinadas. Si ves una obra escrita hace mil años y se te cruzan cosas de tu vivencia, esa obra es contemporánea para ti. El espectador es quien hace la obra, no un texto escrito hace mil años.

P: ¿Qué consejo da a quién quiera dedicarse al oficio de escribir?

Alfonso: Todas las primeras obras que escribe todo el mundo, exceptuando casos muy excepcionales, son regulares tirando a malitas. Uno necesita equivocarse y descubrirlo con el público. Uno desde dentro lo ve de una manera, pero cuando lo ven desde fuera hay cosas que chirrían, o que el público se aburre, o que no lo entiende. Entonces uno analiza lo que ha hecho mal. Hoy en día está bien lo que es el Microteatro en el sentido de que te permite enfrentarte con muy poco presupuesto y entrenarse, mantenerse. Lo importante de este trabajo es seguir. Esto no me funciona, pues sigue. Sé que hago un trabajo para el público, y lo primordial de mi trabajo es el público.

P: ¿Cómo ve el panorama teatral en Andalucía?

Alfonso: Como ha ocurrido siempre, tenemos mucha capacidad creativa, equipos humanos estupendos que pueden producir y hacer cosas estupendas, pero hay un problema: En el teatro andaluz no hemos sabido nunca tener capacidad empresarial. La producción y, sobre todo, la distribución. Salir hacia fuera, romper barreras, hacer otras cosas. No hemos sabido porque no tenemos ese espíritu empresarial. La cuestión es que no somos empresarios, somos artistas que, de pronto, nos obligamos a ser empresarios. Dedícate a lo que sabes, ¿tú qué sabes hacer? Actuar, dirigir, o producir. Son cosas diferentes. Y aquí lo vemos como un concepto artístico, no como un negocio. Hay gente que vive de esto como negocio, que les interesa esto como un negocio. Parece que da vergüenza decir que haces esto para ganar dinero, honradamente, pero para ganar dinero.

P: ¿Qué soluciones planteas?

Alfonso: La situación cambiaría en el momento que hubiera un teatro público andaluz, el antiguo Centro Andaluz de Teatro que fuera como deben ser los teatros públicos, que fuera una locomotora. La solución es que tiene que ir de la mano política y economía. Nosotros, con la buena voluntad juntándonos todos los teatreros, no sale. Tiene que haber leyes contundentes, una necesidad política de que el teatro es necesario y luego el dinero. Hemos tenido muchas reuniones con políticos a lo largo de estos años pero si a la hora de la verdad no hay dinero se queda todo en buenas palabras.

Miras lo que hay en otros países europeos y miras lo que hay aquí, concretamente en Andalucía, y te da vergüenza. O comparas Andalucía con Cataluña y te da vergüenza. Que se invierta más dinero público, no sé si el doble o el triple, en una ciudad, en Barcelona, que lo que se invierte en toda Andalucía. Para hacer buen teatro hay que encontrar dinero. Dinero para tener tiempo, para pensar, para investigar, para escenografía, iluminación, para pagar a los actores y que no estén haciendo siete cosas a la vez y lleguen al ensayo con la lengua fuera, sino que estén concentrados en ese trabajo. Sin dinero todo va por una serie de favores y siempre es lo mismo.

P: ¿Cuál es la situación en la Escuela Superior de Arte Dramático?

Alfonso: Cuando llegué a la escuela, a los alumnos y a las alumnas no se les exigía el bachillerato. Creo que con catorce años ya se podían apuntar. Se apuntaban también personas mayores que ya habían criado a los hijos y querían hacer teatro. Había un sentido de disfrutar el teatro, ahora no lo hay. Ahora hay una obligación que viene marcada por unas normativas rigidísimas por unas asignaturas. De ese cuadro de asignaturas yo quitaba la mitad. Aquí las cosas son claras: hay escenario, aprendizajes básicos que son la voz, el cuerpo, y escenario y escenario. Después cursos de ocho a diez horas para que el alumno tenga un sedimento cultural gordo.

El plan educativo hay que cambiarlo. Alguien se lo tiene que plantear. Esto no funciona. Los que nos dedicamos a esto sabemos que no. Si queremos crear actores y actrices capacitadas que se enfrenten a un texto, esos planes educativos no son los adecuados. El tiempo que están en eso podrían hacer otras cosas que les vendrían mucho mejor. Y, sobre todo, la movilidad del profesorado sería buenísimo. Todos los años tendrían que entrar un treinta por ciento de profesores nuevos, según los intereses que tenga la escuela. Un profesorado base que es el que está fijo y cada año venga gente buena, con trayectoria. Me da pena, en Sevilla hay profesionales excepcionales y no han podido dar ni un curso en la escuela.

P: ¿A los alumnos qué les recomiendas?

Alfonso: Hay que continuar con la formación. Esto es básico. Profundizar en lo que a uno le guste. El cuerpo, la comedia, el clown. Buscar un buen sitio, invertir dinero, pedir una beca. Seis meses, ocho meses o un año. Intentarlo. Luego te tienes que mover para ir descubriendo cosas. Uno no sabe dónde va a estar nuestra vida. En Madrid la vida es más dura, la competencia es muy feroz y muy desagradable. En su día tenía expectativas de trabajo en ambos sitios y preferí vivir en Sevilla y no me arrepiento. A lo mejor allí hubiera dirigido más a menudo para el Centro Dramático Nacional, desde aquí es más difícil. Seguro que cosas de trabajo salen y si no me lo invento yo. Pero a la gente les digo que lo mejor que puede hacer es salir, descubrir que hay otros mundos, descubrir esta profesión cómo es en Madrid, cómo se mueve y poder decidir si prefieren intentarlo aquí o allí. Nuestros destinos están ahí y de pronto alguien puede cruzarse en tu camino.

P: ¿Qué espera de los actores?

Alfonso: Lo que espero de los actores es que sean verdaderos. Que no engañen, que no engañen ellos como para interpretar. El demostrar que soy muy actor, muy teatro, no me convence. Prefiero al actor y a la actriz que se tira de cabeza pero llevando mucha verdad. La verdad como base de la creación escénica se trabaja muy poco en la enseñanza. La preocupación está en crear un personaje que sea a, b, c, d; con estas características, esta vida pasada, etc. Puedes ponerle lo que quieras pero como ahí no haya verdad... ¿Cómo aprendo a trabajar con verdad? ¿Qué sistemas hay de aprendizaje para interpretar? Eso es otra cuestión más problemática. Se ve mucho en los actores jóvenes, desde el principio quieren hacer las cosas muy bien y muy interpretadas. Del principio no lo vas a hacer bien, nunca; y muy interpretada es fatal. 

Entrevista: Fran García.

Fotografías: Alejandro Talaverón.